Vivimos una época en la que el speed/heavy atraviesa uno de sus momentos más abundantes cuando de grupos se trata. Cada semana aparecen numerosos lanzamientos que intentan abrirse paso entre una avalancha de bandas empeñadas en repetir una y otra vez las mismas fórmulas. El mercado de la velocidad nunca había sido tan competitivo, lo que ha provocado que solo aquellos capaces de inyectar algo distinto a su cuota de rapidez consigan destacar en la escena, mientras el resto permanece atrapado en el huracán de la eterna promesa. En un punto intermedio entre ambas categorías encontramos a los franceses de Iron Slaught, quienes regresan después de un prolongado silencio de once años.
Metallic Torments es un trabajo... raro. Aunque la banda se presenta como una propuesta orientada al speed metal, el disco también incorpora numerosas pinceladas de power —en su vertiente estadounidense, no la europea—, thrash metal desatado y una interpretación vocal que nunca termina de decidir a cuál de esos estilos quiere pertenecer. Lo que encontramos es una amalgama de sonidos estruendosos que transita constantemente entre distintas influencias, esforzándose —quizás más de la cuenta— por encontrar una identidad que la distinga del resto de conjuntos que también buscan dejar su huella. La intención de innovar está ahí, y eso siempre merece reconocimiento. Otra cosa, sin embargo, es el resultado.
El comienzo con esta tríada es un buen ejemplo de ese empeño por construir un sonido distintivo. La instrumental Harbinger of Afflictions (Prelude to Torments), acompañada de Ghastly Obsession y The Executioner, conforma un arranque que no logra ofrecer una experiencia auditiva realmente satisfactoria. Las canciones intentan demostrar demasiado y, al mismo tiempo, muy poco: constantes cambios de ritmo, vocales que terminan distrayendo, riffs sin demasiada consistencia y una tendencia a pisar el acelerador solo porque sí impiden que el interés termine por consolidarse. En lugar de convencer, llaman la atención por una presentación en constante espiral que nunca encuentra un rumbo claro. Algo similar ocurre con Condamné pour l’éternité, aunque esta se siente como una composición bastante más honesta y, además, está interpretada en su idioma natal, un detalle que, al menos para mí, siempre suma puntos.
Esto no quiere decir que no exista nada destacable dentro de la placa. Todo lo contrario. Temas como Soldier of Fortune, mucho más cercanos al heavy metal tradicional, se presentan de una forma considerablemente más fluida. Aunque no sobresalgan por su originalidad, sí consiguen encender una llama gracias al filo de sus riffs y a unas voces mucho más efectivas para este tipo de propuestas. Luego aparece Charme funeste, por lejos la composición más lograda de todo el disco. Es una prueba de que los franceses habrían obtenido mejores resultados permaneciendo en ese terreno e intentando evolucionar desde allí, en lugar de forzar la incorporación de elementos propios del thrash y el speed que terminan sonando desarticulados en buena parte del álbum. Primal Conquest y Fatal Retaliations son, a su manera, otra demostración de ello: canciones que representan, por un lado, ese mejunje experimental y, por otro, el heavy metal más puro que la banda es capaz de ofrecer. A estas alturas, creo que ya es evidente cuál de las dos facetas funciona mejor.
No es mi intención destrozar lo que Iron Jérémy y Nikrass construyen a lo largo de estos casi cuarenta minutos, pero, honestamente, no me siento satisfecho con el resultado final. Después de tantos años de espera, resulta difícil quedar conforme con una placa que se siente demasiado exploratoria como para ofrecer una experiencia verdaderamente convincente. No se trata de restarle mérito a la ambición, pero los trabajos que buscan ir más allá de sus propios límites pueden alcanzar su objetivo o terminar estrellándose contra el muro del fracaso. En este caso, la banda consigue frenar justo a tiempo para evitar un desastre mayor, aunque el golpe deja la máquina visiblemente dañada y, con ello, también la impresión que proyecta de cara al futuro. Es uno de esos discos que difícilmente volvería a escuchar por iniciativa propia. Al menos queda el extraordinario trabajo de Mario López, cuyos memorables pinceles vuelven a regalarnos una portada que difícilmente desentonará en la colección de cualquiera que decida hacerse con esta placa.
Este trabajo representa, de cierta manera, el ejemplo contrario a todo lo que comentaba en mi reseña de Cruel Force. El deseo de abrir nuevos caminos o evolucionar un sonido siempre será digno de admiración, pero también es posible distinguir cuándo esa evolución nace de la experiencia y cuándo parece forzada por sus autores. Quizá esté pecando de puritano. Lo cierto es que Metallic Torments nunca consigue despertar un interés genuino de mi parte y, aunque puedo valorar algunos momentos puntuales y la intención de destacar mediante una propuesta más atrevida, me cuesta recomendarlo cuando existen tantos otros elepés que sí merecen nuestra atención en esta época de resurgimiento metálico. Como dije al comienzo, el mercado de la velocidad nunca había sido tan competitivo; por eso mismo, no todas las apuestas logran salir victoriosas.
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