Como muchos fanáticos del metal, también soy un acérrimo seguidor de todo lo que tenga que ver con el horror, cuestión que arrastro desde que era un joven en los noventa que leía a escondidas los tomos de Escoge tu propio escalofrío de la colección de mi hermano o de cuando esperaba los viernes para ver el nuevo capítulo de Escalofríos en la televisión. No importa si se trata del terror más serio, gore o del absolutamente campy, disfruto de lo espeluznante en todos sus diferentes formatos. Es por eso que estuve muy contento cuando un muy buen amigo mío me regaló en mi cumpleaños una copia de Vendimos nuestras almas —en inglés We Sold Our Souls— del escritor estadounidense GRADY HENDRIX, conocido por ser una suerte de mezcla perfecta entre Stephen King y R.L. Stine pero para adultos.
Los trabajos de este autor suelen tomar los clichés más absurdos del horror para convertirse en genuinas historias que se fortalecen en el humor, la sátira y lo inquietante, sin miedo a recurrir, de ser necesario, a una buena dosis de tripas y sangre para decorar con una buena cuota de violencia; son historias que logran un equilibrio correcto entre tomarse lo suficientemente en serio, pero no tan en serio, para que el lector pueda disfrutarlas sin tener que pensar demasiado, pero tampoco sentir que lee la novela de matiné que tu madre disfruta por el drama del romance. HENDRIX también sabe a qué tipo de público desea llegar, ya que recurre a las tropas clásicas de los temas que toca, aquellos que los fanáticos algo más adentrados conocen. En este caso es la combinación del horror con la música heavy metal, dos tópicos que se han relacionado simbióticamente a través de la historia —gente como King Diamond, Venom o Black Sabbath han hecho carrera con esto—, por lo que genuinamente llama la atención qué puede conseguir el escritor al agregar su contribución a este mundo.



