Existen muchas agrupaciones que tienen un historial enorme a sus espaldas, pero que de todas maneras entran en la categoría de underground por nunca haber alcanzado el arrastre de los más grandes del género. Ya sea por no contar con un apoyo discográfico más potente, por no conseguir revolucionar con su sonido o simplemente por provenir de un país donde el metal podría considerarse un nicho dentro de otro nicho. Killer es una de aquellas bandas que encaja, en mayor o menor medida, en cada una de esas descripciones. Los belgas tienen una carrera construida a través de vaivenes, tanto en calidad como en reconocimiento. Muchos fanáticos del heavy metal más puro no son ajenos al sonido clásico que la banda ha conseguido plasmar en buena parte de sus registros, pero lo cierto es que, incluso en sus mejores esfuerzos, podría considerarse una extensión de otras agrupaciones más famosas o influyentes dentro del estilo. A esto se suman las largas pausas que se han tomado a lo largo de los años —cuestión, lamentablemente, muy habitual en bandas de este tipo—, que también han terminado siendo un freno para conseguir que sean tomadas realmente en cuenta.
Esto no es necesariamente algo negativo. Placas como Wall of Sound, Ready for Hell o Fatal Attraction no necesitaron reinventar la rueda para alcanzar un buen nivel. Además, su último trabajo fue recibido con respeto entre los metaleros más exigentes, dejando un camino expectante para lo que sería The Grand Finale, el elepé que revisamos en esta ocasión. El resultado se siente como una verdadera carta de amor al heavy metal más macizo, con claras influencias de bandas como Saxon, Accept, Judas Priest y, sobre todo, Motörhead, a quienes está dedicado el álbum. La cuestión es determinar si estamos frente a un esfuerzo honorífico o, más bien, ante la repetición de una fórmula que nunca pasa de moda, pero que tampoco parece tener demasiado nuevo que ofrecer. La respuesta, curiosamente, se encuentra justo en el medio.






